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martes, 26 de abril de 2011

CIRONILLA Y CONSAGRACION


"JESUS YO CONFIO EN TI"

sábado, 23 de abril de 2011

Confianza.

"JESUS YO CONFIO EN TI"
Confianza.


Jesús Misericordioso, tú que has muerto en la cruz por mí, ayúdame a confiar cada vez más en ti, porque a veces tengo miedo de ti y de tu justicia, y me olvido de tu amor y bondad infinitos.
Jesús, si tanto has hecho por mí, sufriendo y muriendo de esa forma tan cruel para rescatarme de las manos de Satanás, entonces no puedo dudar de tu perdón para mis numerosos y graves pecados, porque tú no abandonas la obra de tus manos, y mi conversión y santificación son obra tuya.
Y si el Padre no vaciló en entregarte a la muerte y al suplicio por amor a mí, entonces confío en que también mirará benigno mi corazón, ¡y qué felicidad que el Padre me mire con ojos de amor, a pesar de mis faltas!
En definitiva, Señor, te pido la gracia de tener más confianza en ti y en tu Misericordia y Bondad infinitas, puesto que a veces el demonio me quiere arrastrar a la desesperación, para alejarme cada vez más de ti, que eres la fuente de donde brota todo bien. Y yo sé muy bien que lejos de ti soy menos que nada.
Ayúdame Jesús a confiar más en ti y a no desconfiar de tu amor, mirándote en la cruz.

viernes, 22 de abril de 2011

Perdonar las injurias.

"JESUS YO CONFIO EN TI"


Perdonar las injurias. 
Obra grande de misericordia es perdonar a los que nos ofenden, porque así somos perdonados por Dios, e imitamos a Jesús que en la cruz murió perdonando a todos los que lo mataban.
Debemos saber perdonar de corazón a todos los que nos injurian, simplemente porque nos conviene a nosotros mismos, ya que Dios ha condicionado su perdón para con nosotros a la manera en que nosotros a su vez perdonemos a los demás.
Cuando perdonamos a alguien sus ofensas para con nosotros, entonces hacemos que Dios ya no lo mire con ira, sino que lo bendiga y le dé la gracia del arrepentimiento y de la conversión. En cambio si no perdonamos, la ira de Dios pesa sobre esa persona y será castigada y tal vez no tenga tiempo y gracia para convertirse, y para nosotros se cierra el perdón de Dios porque nos hacemos duros de corazón.
Con el perdón es como que desatamos a las almas de la Justicia de Dios y pedimos nosotros mismos por ellas, para que también se salven, porque en definitiva nuestros enemigos no son los hombres, más o menos buenos, sino que es el demonio nuestro verdadero enemigo. ¡Y a cuántos de nuestros ofensores encontraremos un día en el Paraíso, gracias a que le perdonamos en la tierra! Y ellos estarán agradecidos con nosotros por toda la eternidad, felices ellos de haberse salvado, y felices nosotros de haber sido sus salvadores.
Jesús, en Vos confío.

jueves, 21 de abril de 2011

VIERNES SANTO

"JESUS YO CONFIO EN TI"

jueves santo

"JESUS YO CONFIO EN TI"


Dios no condena a nadie.

"JESUS YO CONFIO EN TI"


Dios no condena a nadie.
Dios no condena a nadie a ir al Infierno, sino que se irán al Infierno quienes quieran irse allí.
Y parece mentira pero cada día cae en el Infierno un número muy grande de almas.
Es que el demonio también actúa en el mundo, y es quien en el último momento de nuestra vida nos quiere hacer desconfiar de la Misericordia de Dios, y nosotros mismos nos autoexcluimos del perdón divino y así decidimos que tenemos que ir al Infierno. Nos desesperamos.
Esto hay que tenerlo muy en cuenta, porque Dios perdona TODO y TODOS los pecados, por grandes y numerosos que sean, pero exige de nosotros la confianza en su Bondad, en su Misericordia infinita. Y aquí es donde aparece Satanás con sus demonios que, a la hora de la muerte y antes también, vendrá a nosotros a tentarnos para que nos desesperemos y desconfiemos del perdón de Dios.
Por eso ¡qué necesario es que pidamos cada día la gracia de la perseverancia final!, es decir, que en el momento de la muerte nos hallemos en gracia de Dios. Y también tenemos que rogar a Dios y a la Virgen, que nos amparen en ese último combate de la muerte, para que el Dragón infernal no nos seduzca y no nos haga perder para siempre.
Jesús, en Vos confío.

domingo, 17 de abril de 2011

LUNES SANTO

"JESUS YO CONFIO EN TI"

domingo de ramos

"JESUS YO CONFIO EN TI"

las 7 palabras

"JESUS YO CONFIO EN TI"


sábado, 16 de abril de 2011

Fragmento del Diario de Santa Faustina Kowalska,

"JESUS YO CONFIO EN TI"

Fragmento del Diario de Santa Faustina Kowalska,
"La Divina Misericordia en mi alma", con comentario

Apoyo a los misioneros. 
539 Como Dios nos ha hecho las compañeras de su misericordia, o más bien, incluso las dispensadoras, nuestro amor debe ser grande para cada alma, comenzando por los elegidos y terminando en el alma que no conoce a Dios todavía. Con la oración y la mortificación llegaremos hasta los países más salvajes, abriendo el camino a los misioneros. Recordaremos que, como el soldado en el frente no puede resistir mucho tiempo sin el respaldo de la retaguardia que no toma parte directamente en la batalla, pero le provee de todo lo que necesite. Para [el misionero] lo es la plegaria. Cada una debe distinguirse por el espíritu del apostolado. 
Comentario: 
Como comentario hoy coloco un texto que Jesús le dicta a María Valtorta y que habla de que los éxitos en el apostolado dependen del apóstol pero también de quien reza por él y ofrece sacrificios. Es el siguiente:
Dice Jesús: Cuando tengáis algún éxito en el campo del bien, no os gloriéis de ello como si fuera mérito sólo vuestro. Alabad a Dios, señor de los apostólicos obreros, y tened ojo limpio y corazón sincero para ver y dar a cada uno la alabanza que le corresponde. Ojo límpido para discernir a los apóstoles que cumplen holocausto, y que son las primeras, verdaderas palancas en el trabajo de los demás. Sólo Dios los ve a éstos que, tímidos, parece que no hacen nada, y son, sin embargo, los que le roban al Cielo el fuego de que están investidos los audaces. Corazón sincero en cuanto a decir: "Yo actúo, pero éste ama más que yo, ora mejor que yo, se inmola como yo no sé hacer y como Jesús ha dicho: "... dentro de la propia habitación con la puerta cerrada para orar en secreto". Yo, que intuyo su humilde y santa virtud, quiero darla a conocer y decir: 'Yo soy instrumento activo; éste, fuerza que me imprime movimiento; porque, injertado como está en Dios, me es canal de celeste fuerza".Y la bendición del Padre, que desciende para recompensar al humilde que en silencio se inmola para dar fuerza a los apóstoles, descenderá también sobre el apóstol que sinceramente reconoce la sobrenatural y silenciosa ayuda que le viene a él del humilde, y el mérito de éste, que la superficialidad de los hombres no nota.
Jesús, en Vos confío.

lunes, 11 de abril de 2011

Misericordia de Dios

"JESUS YO CONFIO EN TI"
Misericordia de Dios
La misericordia triunfa sobre el juicio.
Santiago 2, 13
PUNTO 1
La bondad es comunicativa por naturaleza; de suyo tiende a compartir sus bienes con los demás. Dios, que por su naturaleza es la bondad infinita, siente vivo deseo de comunicarnos su felicidad, y por eso propende más a la misericordia que al castigo. “Castigar –dice Isaías– es obra ajena a las inclinaciones de la divina voluntad”. “Se enojará para hacer su obra (o venganza), obra que es ajena de Él, obra que es extraña a Él” (Is, 28, 21). Y cuando el Señor castiga en esta vida es para ser misericordioso en la otra (Sal. 59, 3). Muéstrase airado con el fin de que nos enmendemos y aborrezcamos el pecado (Sal. 5). Y si nos castiga es porque nos ama, para librarnos de la eterna pena (Sal. 6).
¿Quién podrá admirar y alabar suficientemente la misericordia con que Dios trata a los pecadores, esperándolos, llamándolos, acogiéndolos cuando vuelven a Él?... Y ante todo, ¡qué gracia valiosísima nos concede Dios al esperar nuestra penitencia!...
Cuando le ofendiste, hermano mío, podía el Señor enviarte la muerte, y, sin embargo, te esperó; y en vez de castigarte, te colmó de bienes y te conservó la vida con su paternal providencia. Hacía como si no viera tus pecados, a fin de que te convirtieses (Sb. 11, 24).
¿Y cómo, Señor, Vos, que no podéis ver un solo pecado, veis tantos y calláis? ¿Miráis aquel deshonesto, aquel vengativo, a ese blasfemo, cuyos pecados se aumentan de día en día, y no los castigáis? ¿Por qué tanta paciencia?... Dios espera al pecador a fin de que se arrepienta, para poder de ese modo perdonarle y salvarle (Is. 30, 18).
Dice Santo Tomás que todas las criaturas, el fuego, el agua, la tierra, el aire, por natural instinto se aprestan a castigar al pecador por las ofensas que al Creador hace; pero Dios, por su misericordia, las detiene... Vos, Señor, aguardáis al impío, para que se enmiende; mas ¿no veis que el ingrato se vale de vuestra piedad para ofenderos? (Is. 26, 15). ¿Por qué tal paciencia?... Porque Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y se salve (Ez. 33, 11).
¡Oh paciencia de Dios! Dice San Agustín que si Dios no fuese Dios, parecería injusto, atendiendo a su demasiada paciencia para con el pecador. Porque espera que se valga el hombre de aquella paciencia para más pecar, diríase que es en cierto modo una injusticia contra el honor divino. “Nosotros pecados –sigue diciendo el mismo Santo–, nos entregamos al pecado (algunos firman paces con el pecado, duermen unidos a él meses y años enteros), nos regocijamos del pecado (pues no pocos se glorían de sus delitos), ¿y Tú estás aplacado?... Nosotros te provocamos a ira, y Tú a misericordia”. Parece que a porfía combatimos con Dios; nosotros, procurando que nos castigue; Él, invitándonos al perdón.
AFECTOS Y SÚPLICAS
¡Ah Señor y Dios mío! Reconozco que soy digno de estar en el infierno (Jb. 17, 13). Mas por vuestra misericordia no me hallo en él, sino postrado a vuestros pies, y conociendo vuestro precepto con que me mandáis que os ame. “¡Ama al Señor tu Dios!” (Mt. 22, 37). Me decís que queréis perdonarme si me arrepiento de las ofensas que os he hecho...
Sí, Dios mío; ya que deseáis que os ame, aunque soy un vil rebelde contra vuestra soberana majestad, os amo con todo mi corazón, y me duelo de haberos ofendido más que de cualquier otro mal en que hubiera podido incurrir. Iluminadme, pues, ¡oh Bondad infinita!, y dadme a conocer la horrenda malicia de mis culpas. No; no resistiré más a vuestra voz, ni volveré a injuriar a un Dios que tanto me ama, y que tantas veces y con tanto amor me habéis perdonado...
¡Ah, si nunca os hubiera ofendido, Jesús de mi alma! Perdonadme y haced que de hoy en adelante a nadie ame más que a Vos, que sólo viva para Vos, que moristeis por mí, y que sólo por vuestro amor padezca, ya que por mí tanto padecisteis. Eternamente me habéis amado, concededme que por toda la eternidad arda yo en vuestro amor. Todo lo espero, ¡oh Salvador mío!, de vuestros infinitos merecimientos.
En Vos confío, Virgen Santísima, pues con vuestra intercesión me habéis de salvar.

PUNTO 2
Consideremos, además, la misericordia de Dios cuando llama al pecador a penitencia... Rebelóse Adán contra Dios, y ocultóse después. Mas el Señor, que veía perdido a Adán, iba buscándole, y casi sollozando le llamaba: “Adán, ¿dónde estás?...” (Gn. 3, 9). “Palabras de un padre –dice el P. Pereira– que busca al hijo que ha perdido”.
Lo mismo ha hecho Dios contigo muchas veces, hermano mío. Huías de Dios, y Dios te buscaba, ora con inspiraciones, ora con remordimientos de conciencia, ya por medio de pláticas santas, ya con tribulaciones o con la muerte de tus deudos y amigos.
No parece sino que, hablando de ti, exclamara Jesucristo: “Casi perdí la voz, hijo mío, a fuerza de llamarte” (Sal. 68, 4). “Considerad, pecadores –dice Santa Teresa–, que os llama aquel Señor que un día os ha de juzgar”.
¿Cuántas veces, cristiano, te mostraste sordo con el Dios que te llamaba? Harto merecías que no te llamase más. Pero tu Dios no deja de buscarte, porque quiere, para que te salves, que estés en paz con Él... ¿Quién es el que te llama? Un Dios de infinita majestad. ¿Y qué eres tú sino un gusano miserable y vil?...
¿Y para qué te llama? No más que para restituirte la vida de la gracia, que tú habías perdido. Convertíos y vivid (Ez. 18, 32). Con el fin de recuperar la divina gracia, poco haría cualquiera aunque viviese por toda su vida en el desierto. Pero Dios te ofrecía darte de nuevo su gracia en un momento, y tú la rechazaste. Y con todo, Dios no te ha abandonado, sino que se acerca a ti y te busca solícito, y lamentándose te dice: “¿Por qué, hijo mío, quieres condenarte?” (Ez. 18, 31).
Siempre que el hombre comete un pecado mortal, arroja de su alma a Dios. Pero el Señor ¿qué hace?... Llégase a la puerta de aquel ingrato, y clama (Ap. 3, 20); pide al alma que le deje entrar (Cant. 5, 2), y ruega hasta cansarse (Serm. 15, 6). Sí, dice San Dionisio Areopagita; Dios, como amante despreciado, busca al pecador y le suplica que no se pierda. Y eso mismo manifestó San Pablo (2Co. 5, 20) cuando escribía a sus discípulos: “Os rogamos por Cristo que os reconciliéis con Dios”.
Bellísima es la consideración que sobre este texto hace San Juan Crisóstomo: “El mismo Cristo –dice– os ruega... ¿Y qué os ruega? Que os reconciliéis con Dios. De suerte que Él no es enemigo vuestro, sino vosotros de Él”.
Con lo cual manifiesta el Santo que no es el pecador quien ha de esforzarse en conseguir que Dios se mueva a reconciliarse con él, sino que basta con que se resuelva a aceptar la amistad divina, puesto que él y no Dios es quien se niega a hacer la paz.
¡Ah! Este bondadosísimo Señor acércase sin cesar a los innumerables pecadores y les va diciendo: “¡Ingratos! No huyáis de Mí... ¿Por qué huís? Decídmelo. Yo deseo vuestro bien, y sólo procuro haceros dichosos... ¿Por qué queréis perderos?” ¿Y Vos, Señor, qué es lo que hacéis? ¿Por qué tanta paciencia y tanto amor para con estos rebeldes? ¿Qué bienes esperáis de ellos? ¿Qué honra buscáis mostrándoos tan apasionado de estos viles gusanos de la tierra que huyen de Vos? “¿Qué cosa es el hombre para que le engrandezcas?... O ¿por qué pones sobre él tu Corazón?” (Jb. 7, 17).
AFECTOS Y SÚPLICAS
Aquí tenéis, Señor, a vuestras plantas un ingrato que os pide misericordia; Padre mío, perdonadme. Os llamo Padre, porque Vos queréis que os llame así. No merezco compasión, porque cuanto más bondadoso fuisteis para conmigo, tanto más ingrato fui yo con Vos.
Por esa misma bondad que os movió, Dios mío, a no desampararme cuando yo huía de Vos, recibidme ahora que a Vos vuelvo. Dadme, Jesús mío, gran dolor de las ofensas que os hice, y con él vuestro beso de paz. Me arrepiento, sobre todo, de las ofensas que os hice, y las detesto y abomino, uniendo este aborrecimiento al que sentisteis Vos, ¡oh Redentor mío!, en el huerto de Getsemaní, Perdonadme, pues, por los merecimientos de la preciosa Sangre que por mí en aquel huerto derramasteis, y yo os ofrezco resueltamente nunca más apartarme de Vos y arrojar de mi corazón todo afecto que para Vos no sea.
Jesús, amor mío, os amo sobre todas las cosas, quiero amaros siempre y no amar más que a Vos. Pero dadme, Señor, fuerza para lograrlo. Hacedme enteramente vuestro.
¡Oh María, mi esperanza, Madre de misericordia, compadeceos de mí y rogad por mí a Dios!

PUNTO 3
A veces los príncipes de la tierra se desdeñan de mirar a los vasallos que acuden a implorar perdón. Mas no procede así Dios con nosotros. “No os volverá el rostro si contritos acudiereis a Él” (2C. 30, 9). No; Dios no oculta su rostro a los que se convierten. Antes bien, Él mismo los invita y les promete recibirlos apenas lleguen... (Jer. 3, 1; Zac. 1, 3).
¡Oh, con cuánto amor y ternura abraza Dios al pecador que vuelve a Él! Claramente nos lo enseñó Jesucristo con la parábola del Buen Pastor (Lc. 15, 5), que, hallando la ovejuela perdida, la pone amorosamente sobre sus hombros, y convida a sus amigos para que con Él se regocijen (Lc. 15, 6). Y San Lucas añade (Lc. 15, 7): “Habrá gozo en el Cielo por un pecador que hiciere penitencia”.
Lo mismo significó el Redentor con la parábola del Hijo pródigo, cuando declaró que Él es aquel padre que, al ver que regresa el hijo perdido, sale a su encuentro, y antes que le hable, le abraza y le besa, y ni aun con esas tiernas caricias puede expresar el consuelo que siente (Ez. 18, 21-22).
Llega el Señor hasta asegurar que, si el pecador se arrepiente, Él se olvidará de los pecados, como si jamás aquél le hubiera ofendido. No repara en decir: “Venid y acusadme –dice el Señor (Is. 1, 18; Ez. 18, 21-22)–; si fueren vuestros pecados como la grana, como nieve serán emblanquecidos”; o sea: “Venid, pecadores, y si no os perdono, reprendedme tratadme de infiel...”. Mas no, que Dios no sabe despreciar un corazón que se humilla y se arrepiente (Sal. 50, 19).
Gloríase el Señor en usar de misericordia, perdonando a los pecadores (Is. 30, 18). ¿Y cuándo perdona?... Al instante (Is. 30, 19). Pecador, dice el Profeta, no tendrás que llorar mucho. En cuanto derrames la primera lágrima, el Señor tendrá piedad de ti (Is. 30, 19).
No procede Dios con nosotros como nosotros con Él. Dios nos llama, y nosotros no queremos oír. Dios, no. Apenas nos arrepintamos, y le pedimos perdón, el Señor nos responde y perdona.
AFECTOS Y SÚPLICAS
¡Oh Dios mío! ¿Contra quién me he atrevido a resistir?... Contra Vos, Señor, que sois la bondad misma, y me habéis creado y habéis muerto por mí, y me habéis conservado, a pesar de mis repetidas traiciones...
La sola consideración de la paciencia con que me habéis tratado debiera bastar para que mi corazón viviese siempre ardiendo en vuestro amor. ¿Quién hubiera podido sufrir las ofensas que os hice, como las sufristeis Vos? ¡Desdichado de mí si volviese a ofenderos y me condenase! Esa misericordia con que me favorecisteis sería para mí, ¡oh Dios!, un infierno más intolerable que el infierno mismo.
No, Redentor mío; no permitáis que vuelva a separarme de Vos. Antes morir... Veo que vuestra misericordia no puede ya sufrir mi maldad. Pero me arrepiento, ¡oh Sumo Bien!, de haberos ofendido; os amo con todo mi corazón y propongo entregaros por completo la vida que me resta...
Oídme, Eterno Padre, y por los merecimientos de Jesucristo concededme la santa perseverancia y vuestro santo amor. Oídme, Jesús mío, por la Sangre que derramasteis por mí: Te ergo quaesumus tuis fórmulis súbveni, quos praetioso sánguine redemisti.
¡Oh María!, Madre mía, vuelve a mí tus ojos misericordiosos: Illos tuos misericordes óculos ad me converte; y úneme enteramente a Dios.
(“Preparación para la muerte” – San Alfonso María de Ligorio)

jueves, 7 de abril de 2011

Padre nuestro,

"JESUS YO CONFIO EN TI"

Padre nuestro,
que estás en el Cielo,
durante esta época de arrepentimiento,
ten misericordia de nosotros.
Con nuestra oración,
nuestro ayuno y nuestras buenas obras,
transforma nuestro egoísmo en generosidad.
Abre nuestros corazones a tu Palabra,
sana nuestras heridas del pecado,
ayúdanos a hacer el bien en este mundo.
Que transformemos la obscuridad
y el dolor en vida y alegría.
Concédenos estas cosas por Nuestro Señor Jesucristo.
Amén.

Ayúdame a rezar.

"JESUS YO CONFIO EN TI"

Ayúdame a rezar. 
Jesús Misericordioso, te pido hoy que me ayudes a rezar, como tú rezabas a tu Padre, porque sé muy bien que todas las gracias y favores me vienen con la oración. Si tú rezabas, siendo que no tenías necesidad de ello, ¡cuánto más yo, pobrecito pecador y necesitado de todo, tengo necesidad imperiosa de orar insistentemente a Dios, a ti, para que me socorras y me fortalezcas en este combate y en esta prueba que es la vida sobre la tierra!
¡Cuántas cosas influyen durante el día para que yo no me ponga unos momentos a rezar! Parece que el diablo mueve cielo y tierra con tal de que yo no pueda encontrar un momento para hablar contigo, para entregarme a ti en la oración.
Por eso te ruego Jesús que me ayudes a tener cada día un momento, lo más extenso posible, para dedicarlo a la oración. Así seré feliz ya en este mundo, porque en la oración se profundiza en tu amor infinito, y el alma se arma para superar cualquier tentación.
Jesús, ten misericordia de mí, y dame la gracia de la perseverancia en la oración, ya que esta es una gran gracia, porque como dijo muy bien San Alfonso María de Ligorio: “El que reza se salva, y el que no reza se condena”.

martes, 5 de abril de 2011

Corregir al que yerra.

"JESUS YO CONFIO EN TI"

Corregir al que yerra. 
Esta es una obra de misericordia un poco difícil de cumplir, porque siempre estamos tentados a corregir demás o de menos, de hacerlo sin el debido tacto y prudencia, o con arrebatos y gritos.
Tenemos que pedirle al Espíritu Santo que nos ayude en esta tarea, puesto que si lo hacemos mal, tal vez podemos lograr el efecto opuesto al deseado.
También es difícil corregir por el hecho de que a veces no queremos ganarnos enemigos o la antipatía de amigos y parientes. Pero es necesario que corrijamos a los que se equivocan porque si no lo hacemos, Dios nos puede pedir cuentas de esa alma que dejamos en el error.
Siempre estamos tentados a ver los defectos en los demás, por eso seamos mansos y humildes al señalar el error, y usemos las buenas maneras, aplicando la enseñanza de Jesús de hacer con los demás como quisiéramos que nos hagan a nosotros.
Recordemos que todos somos pecadores y todos nos podemos equivocar, y corrijamos con ese espíritu.
Jesús, en Vos confío

lunes, 4 de abril de 2011

reflexión sobre la Divina Misericordia:

"JESUS YO CONFIO EN TI"
reflexión sobre la Divina Misericordia:

En la cruz, la puerta de la Misericordia, fue abierta por la lanza para todas las almas (Jn19,34) ninguna ha quedado excluida.
Así, Jesús muriendo sobre la cruz, ha abierto las puertas del Paraíso que habías sido cerradas después del pecado original.

El don de la Divina Misericordia nos lo da por medio de la sangre que ha derramado sobre la cruz, hasta la última gota.  Solo  el  pecado grave, sin arrepentimiento, nos cierra esta puerta de la misericordia. 
(diario 1151)  Antes de venir como juez justo abro de par en par la puerta de Mi misericordia. Quien no quiere
pasar por la puerta de Mi misericordia, tiene que pasar por la puerta de Mi justicia……
 Pero no está todavia todo perdido para el pecador, contemplemos hasta dónde llega la misericordia del Señor por medio de esta devoción:  el Señor quiere que recemos la coronilla a los pies de los moribundos, aunque sean los más grandes pecadores; por medio de Santa Faustina nos ha prometido lo siguiente: (Diario, 811) “Defenderé como Mi Gloria a cada alma que rece esta coronilla en la hora de la muerte, o cuando los demás la recen junto al agonizante, quienes obtendrán el mismo perdón. Cuando cerca de un agonizante es rezada esta coronilla, se aplaca la ira divina y la insondable misericordia envuelve al alma y se conmueven las entrañas de Mi Misericordia por la Dolorosa Pasión de Mi Hijo”
 Todos los bautizados católicos que no están en estado de agonía, para abrir esta puerta  de nuevo, necesitan confesar sus pecados al sacerdote ( Jn 20,23)  y la sangre de Jesús se derrama en el alma al momento de la absolución ( 1Jn1,7) y purifica el alma de todos sus pecados  y  abre de nuevo la puerta del cielo que cerramos cada vez que cometemos un pecado grave.
 Jesús, el Buen Pastor misericordioso, siempre va en la búsqueda de sus ovejas perdidas.
Deja las 99 ovejas y busca aquella perdida  (Lc 15,4).
 El Padre celestial espera con ansia a todos sus hijos extraviados en el pecado grave para  que regresen y así perdonarlos,  regalando la misericordia de Su Hijo por medio de su sangre.
 Cuando el hijo perdido, que había gastado todo la herencia de su padre con los vicios, regresó a casa y el Padre no lo rechazó sino que hizo una gran fiesta (Lc15,11-24)
 Hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte que por 99 justos que  no necesitan de la divina misericordia  (Lc15,7).
 María Magdalena es ejemplo de aquella pecadora que recibió la misericordia de Dios, mujere de vicios y de escándalos públicos, lloró a los pies de Jesús, quedó tocada en lo más profundo de su ser  por las palabras de Jesús.
Jesús dijo que le fueron perdonados sus muchos pecados por lo mucho que ha amado (Lc7,47)
 Zaqueo también era un pecador que robaba, pero acogió con gran alegría a Jesús en su casa y dijo: si he robado a alguien lo restituiré cuatro veces más (Lc19,8).  Jesús dijo: hoy ha entrado la salvación en esta casa (Lc19,9).
 San Pablo era un gran perseguidor de los cristianos, Jesús se le apareció en el camino y lo convirtió: Jesús se apareció a mí como a un aborto, pero eso sirvió de ejemplo para que todos los pecadores pudieran esperar en la infinita misericordia de Dios sin dudar (1Tim1,15-16).
 Mientras todavía haya tiempo, déjales tener acceso a la fuente de la Misericordia; déjales aprovechar la Sangre y Agua que brotó para ellos.
 “Entre más grande sea el pecador, más grande es su derecho a mi Misericordia” ( diario 423)
 Que ningún alma tema acercase a Mí, aunque sus pecados sean como escarlata. Llegarán a ser blancos como la nieve ( Is1,18).
 Jesús dice a Santa Faustina: Las llamas de Misericordia me están ardiendo. Yo deseo derramarlas sobre las almas humanas. Oh, que dolor me causan cuando no las quieren aceptar!
 Oh, que tan doloroso es para Mí que las almas rara vez se unan a Mí..... Yo las espero, y ellas son indiferentes hacia Mí. Yo les amo tierna y sinceramente, pero ellas desconfían de mí. ( 1450)
 Yo demando de ustedes obras de Misericordia las cuales deben elevarse por su amor hacia Mí. (Mt 25 ,35-36).

sábado, 2 de abril de 2011

En el prójimo.

"JESUS YO CONFIO EN TI"

En el prójimo. 
Debemos tener cuidado cómo actuamos con nuestro prójimo, porque en él está Jesús, escondido, y por eso debemos tratar bien a todos, incluso a los enemigos y a los que nos hacen mal, porque no saben lo que hacen ni lo que dicen, y porque Dios ve y juzgará todas las acciones y no quiere que devolvamos mal por mal.
La medida en que amamos a Dios, se demuestra y se muestra en la medida en que amamos a nuestro prójimo.
Hoy muchos dicen amar a Dios, pero desprecian a los pobres, a los necesitados y a los pecadores. No tenemos que aprobar su pecado, pero debemos ser misericordiosos con todos los que caen, pues si nosotros no caemos es por simple gracia de Dios, ya que si el Señor no nos sostuviera, caeríamos en los más graves crímenes y pecados.
Entonces tenemos que ser indulgentes con todos, buenos con todos, sabiendo que Dios nos ve, y nos premiará ya en esta vida todo el bien que les hagamos a sus hijos, los hombres.
Jesús, en Vos confío.

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