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miércoles, 21 de octubre de 2009

Dar frutos.


Dar frutos.
Muchos católicos nos creemos que por el hecho de ser “católicos” ya estamos salvados. Pero tenemos que recordar que cada uno de nosotros debe obrar de acuerdo a los Diez Mandamientos y a las enseñanzas de Jesús en el Evangelio, porque si no lo hacemos, de nada sirve el ser católicos por herencia.
Nos sucederá como a los fariseos y saduceos que, por ser descendientes de Abraham, ya creían que estaban salvados y que estaban en lo correcto, pero no cumplían la Ley, los Mandamientos.
No es el hábito o el título lo que Dios mira en nosotros, sino nuestra conducta, que debe ser de acuerdo a los que Dios quiere y manda. ¡Cuántos que llevan vestiduras sacerdotales no son gratos a Dios, y cuántos que ni siquiera son católicos, son más agradables a Dios que los consagrados, porque cumplen la ley de Dios que tienen escrita en sus corazones!
Demos gracias a Dios que somos católicos, que hemos nacido en la verdadera Iglesia y que estamos en la verdad. Pero esto no debe hacernos presumir, sino por el contrario tenemos que esforzarnos más para ser muy perfectos, pues Dios nos ha dado muchos dones para que lo lleguemos a ser.
Entonces no tenemos que dormirnos en los laureles sino trabajar por nuestra santificación con ardor, porque ya el Señor lo dice en su Evangelio, que a quien más se le dio, más se le pedirá. Por eso no debemos ensoberbecernos por todo lo que hemos recibido ni creernos superiores ante nuestros hermanos, sino aprovechar todos los privilegios y gracias que el Señor nos confió, y hacerlos dar frutos, muchos frutos de santidad y buenas obras. De lo contrario nos sucederá como el hombre que escondió su talento y no lo hizo producir frutos porque tuvo miedo de su Señor.
Que no nos suceda lo mismo a nosotros. Si Dios nos ha confiado mucho, debemos dar mucho, todo lo que podamos, sin tener miedo a Dios, porque Él es Bueno y no permitirá pruebas y tentaciones que superen nuestra capacidad de soportar, porque Él quiere nuestra salvación y no nuestra ruina. Confiemos en Dios y vayamos al combate que se nos presenta, que el premio es desmesurado y eterno.

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